Los Hombres del Isla.

IsladelaJuventudTengo en mi recuerdo a los hombres con quienes me tocó compartir el servicio militar a bordo del Buque de Exploración Radio Electrónica Isla de la Juventud. Eso fue por allá por el año 1983 y había egresado de la Academia Naval en el mes de Julio luego de cinco años de guardiamarina, (se dice fácil). Estudié para trabajar en la marina mercante nacional, pero un déficit de mandos me colocó por dos años como oficial en la Marina de Guerra, -voluntariamente-. Servicio Social.
En la última mitad de Agosto me incorporé a ese buen barco que una vez fue de pesca, arrastrero por popa y luego albergó a una misión científica de la FAO, había sido recién reparado en España y tenía todas las condiciones de vida y travesía.
Rápidamente hice nuevos amigos y me puse al tanto de cómo era la cosa allí.
No era muy complicada en verdad, mantenimiento y reparación de los equipos de electro radio navegación y de comunicaciones, clases y entrenamientos de diferentes tipos en los días en que no tocaba oficial de guardia. El oficial de Guardia, ya eso si era cosa seria, desde que te levantabas a las 0500 horas eras el máximo coordinador de la vida a bordo, desde los ejercicios matutinos hasta la hora de sueño, pasando por la calidad de las comidas y la faena.
Faena es una palabra que casi todo el mundo comprende, en el lenguaje de los marinos significa trabajo, que nunca escasea en un barco: piqueta y rasqueta para la plancha de metal, luego cepillo de acero y pintura, -y mira que un barco se oxida-. En la cubierta que es como el piso y en el exterior, que son como las paredes, colgados de un aparejo, que le dicen guindola.
Arranche -que es limpieza- y aduje de los cabos que es organizar las cuerdas, que en un barco son muchas. Los oficiales de máquinas y motoristas,- bueno eso no me tocaba a mí-, nunca, pero nunca podían andar limpios, eran un cuadro surrealista de tizne, grasa y no sé cuántas cosas más, sus overoles: A la hora del almuerzo o comida tenían que ser magos para estar presentables. Nunca los pobres pudieron obtener los primeros lugares en la inspección del Sábado.
La inspección del Sábado era profunda, la hacía el comandante y el Oficial de Guardia, camarote por camarote, área de responsabilidad por área de responsabilidad, persona por persona, de ahí el pase, lo mas anhelado en los Hombres del Isla, para algunos marineros, y dos tercios de los oficiales.
Para los que nos quedábamos era como el día de la cultura italiana, el almuerzo pizza napolitana,- grande y bien hecha- y espaguetis. Una tradición abordo. Yo siempre me quedaba, no tenia casa, familia, ni esposa en la Habana, mi vida estaba en Gibara, solo salía un rato por la noche. -A pescar-.
Así era la rutina, fondeado casi siempre en la Bahía de la Habana o atracado en un muelle de Casablanca.
Hasta el momento en que llegaban las misiones, que la mayoría de las veces eran el ¨serrucho¨, navegación en zigzag cubriendo y vigilando una zona naval determinada.
Estas misiones nunca escasearon, a veces duraban diez días, a veces más de veinte. Mar, sol y cielo, tierra por ningún lado. No eran en balde, obedecían a una situación militar concreta y duraban lo que hiciera falta.
Alejados a cuarenta o cincuenta millas de la costa nuestro barquito fresco se metía en el medio de las agrupaciones navales de la US Navy en sus maniobras o trayectos. En esa época de la guerra fría eran muy frecuentes.
Lo que ahora me llama más la atención y recuerdo con emoción era precisamente la actitud de los hombres con los cuales me tocó convivir, oficiales y marineros. Las provocaciones nunca faltaron, a veces eran serias y entrañaban un grave peligro. A veces daban gracia.
Siempre, afables, siempre tranquilos, jamás, digo jamás, percibí una sombra de temor en los ojos de nadie, esa actitud se pegaba, porque muy pocas veces pensé en el peligro.
Punto y aparte era el comandante, un hombre, ya algo mayor, que muchas veces tenia cara de pocos amigos, de una firmeza y un valor a toda prueba, nos lo demostró muchísimas veces, en momentos bien difíciles.
La vida me lanzó a diferentes lugares y tareas y nunca más he visto a mis compañeros con los que hice una profunda amistad y de los que conservo un entrañable recuerdo, quisiera haber podido saludar de nuevo al comandante, abrazar al contramaestre, al jefe de máquinas, a los oficiales de cubierta, a los maquinistas, a los timoneles, a los radiotelegrafistas, a los marineros- disciplinados o a los medio regados-, en fin a toda la tripulación, pero nunca en más de 30 años los he vuelto a ver.
Solo sé que ya no existe el barco, el tiempo en el mar es implacable con el acero, deben existir todavía la mayoría de los hombres, pues éramos muy jóvenes, quisiera por todos los medios, que aún existiera el comandante aunque ya debe estar viejito, para mí fué un ejemplo incomparable, mi primera referencia en la hora de la verdad.
Y no es gratuito que comparta estos recuerdos, le prometí a mi hija escribirlos un día y vi el cielo abierto cuando tuve un Blog. Sirva este escrito como ese homenaje que prometí.
Pues los jóvenes que hoy tenemos, tienen el derecho y el deber de conocer, compartir y continuar la gloria que se ha vivido. Eso es lo bueno de Cuba.
alexander sertev sept.84

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